lunes, 15 de octubre de 2012
El olvido es un pajaro
-“Perdona, ¿tienes hora? el autobús está a punto de llegar y no sé de qué color ponerme los zapatos”. El hombre me mira entre curioso y distante, como si le hubiera interrumpido en medio de alguna disquisición fundamental pero sin llegar a molestarle del todo. Repasa mi cuerpo de forma anómala, extravagante. Las manos, después los ojos, para terminar en mis pies descalzos. “Bonitos calcetines” comenta ignorando mi pregunta. Pero su voz parece haber surcado todas las oscuras cavernas del mundo antes de acabar en mis oídos. Entonces comprendo. Es la Muerte. No me sorprendo, aunque nunca imaginé que la Muerte llevaría traje de chaqueta y tendría orejas de gato. Le observo con discreción. El resto de sus rasgos me resultan bastante anodinos; por ello, no los recordaré. Pero su voz y sus orejas, decido en el momento, eso sí que me lo traeré de vuelta. -“Gracias”. Contesto, y empiezo a escabullirme por la calle, no sea que le apetezca ser más diligente en su trabajo. Hay más paradas de autobús. Más autobuses. Aunque pensándolo mejor, no me apetece demasiado subirme a un autobús atestado de gente estando descalza. Me los imagino a todos, con sus caras disgustadas, mirándome de arriba abajo, fijando sus pupilas escrutadoras en mis calcetines sucios por el asfalto, y la idea me estremece, de igual manera que estimula algún resquicio de mi conciencia subversiva. Pero no. Hoy, ni estoy de humor para ir a clase, ni para enfrentarme a la Muerte ni a los prejuicios de la sociedad. Me apetece algo más intimista. Tal vez una biblioteca. Por eso busco una. Sí. Libros. Silencio. Paz. Contradictorio, ciertamente, pero la paz inunda las bibliotecas como el agua la tierra de una marisma. Entre libros que narran los crímenes más atroces y guerras salvajes se puede escuchar nítidamente el susurro del aleteo de una mosca. Los relatos transcurren de puertas para dentro sucediendo con bullicio en la mente de quien los lee. Sus oídos, invadidos por los gritos y el entrechocar del acero, las risas, las voces, las olas del mar y las explosiones, están cubiertos por una paradoja de silencio. Pestañeos, inhalaciones y exhalaciones de aire. Para un oyente externo no hay sonido más relajante que el de una mente ajena a la realidad de su existencia. Los observo y los envidio. Yo también deseo sumergirme en esa paradoja. Miro las estanterías, inabarcables, infinitas a mis ojos. Me armo de valor y avanzo por una galería estrecha. Instintivamente busco la “O”. Mientras camino calculo que hay unos 60.000 libros cuyo título empieza por la “N”. De la “Ñ” tan sólo encuentro ocho. De la “O” sólo hay un ejemplar. Conozco el nombre de antemano. Lo ojeo. Al azar escojo una página y leo. “El olvido es como el pájaro que se va y no regresa en la estación siguiente ¿Qué habrá sido de él? Uno se pregunta. Tal vez encontró en su camino algún otro paraje en el que decidió quedarse. Tal vez un lugar en el que las aguas cálidas lo acogieran durante todo el año. Pero lo cierto es que nunca sabremos qué habrá sido o qué será de aquel pájaro”. Entonces tengo un absurdo pensamiento. Me gustaría ser la cazadora del pájaro. Iría en su busca y no pararía hasta dar con él. Lo encontraría quizá apacentando en una laguna cercana, tal vez muerto entre la hierba del deshielo. Pero lograría acariciar sus plumas una última vez, para cerciorarme de su existencia, antes de volverlo a dejar a su suerte. Absurda profesión que ojalá recuerde: Cazadora del Olvido. Enfrascada en mis pensamientos escucho un grave carraspeo a mi espalda. Me doy la vuelta. -“¿Otra vez usted?”- Pregunto. -“Hola” -su voz, esta vez, me resulta algo más cálida.-“Buscaba cierto libro que escribí hace tiempo.” -“¿Es escritor?”.-Hablo de nuevo, con la cautela inevitable al iniciar una conversación con Ella. El hombre se encoge de hombros como si no supiera bien qué contestar a esa pregunta. -“¿Y sobre qué escribe?” En esta ocasión, más interesado, medita durante unos instantes la respuesta. -“Uno escribe sobre lo que mejor conoce.” Su media sonrisa es casi amistosa, comprensiva. Apenas siento el impulso de abrazarlo, aunque me contengo. -“Entonces este libro es el que anda buscando.” Lo dejo en su mano y me despido con un gesto. “Lo siento mucho- digo mientras me alejo entre las estanterías.- No puedo quedarme a conversar con usted. El despertador está a punto de sonar, y si continúo dormida, perderé de nuevo el autobús. Me temo.”

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